Tan nada y tan todo como las notas de un himno

Hace unas semanas, mientras Costa Rica estaba aún cubierta de banderas rojiblancazules, los medios y las redes sociales se llenaron de una palabra recurrente: himno. Ese término había quedado enllavado en un baúl muy por debajo de mis fotos sepia de infancia, justo al lado de patria, próceres y bandera, pero volvió a tener sus 15 minutos de fama en el mes en el que hace años se firmó la “independencia” de una región del tamaño del ombligo de América.

Resulta que el Ministerio de Educación del país decidió pedir a las escuelas que se sonara el himno nacional de Nicaragua junto con el de Costa Rica durante el mes de septiembre y lo comunicó con tono festivo. De pronto, salió a luz pública toda esa gente que suele frecuentar estadios y plazas en grandes masas, esas personas que van subiendo el tono poco a poco de patrióticos a kamikazes, de entusiastas a xenófobos.

El asunto me entraba por un oído y salía por otro, sobre todo porque trabajo con una organización que aboga por cambios sociales estructurales y donde escucho todo el tiempo sobre problemas reales de toda América Latina como por ejemplo dirigentes LGBTI amenazados de muerte, mujeres con VIH que viven violencia en la región opequeños productores y productoras que enfrentan las peores consecuencias del cambio climático. Para mí era evidente que el asunto del famoso himno no era más que una cortina de humo mediática y un tema al que iban a oponerse personas que no habían viajado nunca, ni siquiera en su cabeza. También pensé que podía ser una estrategia para desenterrar esas cosas que la globalización había empezado a dejar atrás como los nacionalismos y las fronteras.

Logré pasar de lejos hasta que la discusión se puso interesante en el comedor de la oficina y hasta que llegó a las redes sociales del preescolar de Abril, mi hija de dos años. La guardería -que hasta entonces me había parecido muy de avanzada- publicó una de las frases más extrañas, machistas y violentas del himno tico junto con una bandera… “Cuando alguno pretenda tu gloria manchar, verás a tu pueblo valiente y viril, la tosca herramienta de armas trocar…”. Ahí el tema pasó de darme pereza a preocupación y pensé que era necesario al menos presentar mi postura cuando el tema saliera a relucir.

¿Qué es un himno?

¿Qué es un himno, sino un jingle que suplió una necesidad de crear identidad territorial mientras tres o cuatro mafiosos decidían auto-proclamarse herederos de un terruño? ¿A qué responden estos nacionalismos en una época en la que deberíamos estar avanzando hacia la consciencia interplanetaria y el reconocimiento de nuestra diversidad desde una ciudadanía universal?

A los himnos no los parió la tierra y los símbolos patrios no bajaron de los cielos transportados en ovnis. Al igual que los lemas publicitarios que se nos han quedado en la cabeza junto con los logos del siglo XX, los himnos y el concepto de patria son productos de un juego psicológico de construcción de identidad de un país: En otras palabras, propaganda. ¿Fueron necesarios en algún momento? No. ¿Son necesarios ahora? Aún menos.

Honestamente no recuerdo bien el himno de Nicaragua, el país donde está muchísima gente que quiero y donde nací, pero sí me sé el de Costa Rica, el país de mi adorado abuelo paterno, donde viví un tiempo corto durante la infancia y donde he vuelto por temas de trabajo. La diferencia en este particular entre los dos países es que el nacionalismo acá sigue más vivo ahora que en cualquier pre-modernidad y septiembre parece transformar a miles de personas en pequeñas máquinas reproductoras de ideologías violentas, extrañas e incuestionables. Es un escenario triste y vergonzoso para un país tan hermoso, que tiene como tarjeta de presentación la paz y la falta de ejército.

No es casualidad: hay discusiones sociales ya enterradas que han resurgido para empezar a atiborrar los medios ante mi incredulidad. La respuesta de Estados Unidos a la crisis ha sido llevar a la candidatura presidencial a un tipo que no hace más que disparar cuando se siente amenazado por cualquier ser humano que no sea hombre, blanco y conservador. La respuesta de Inglaterra ha sido similar. Estoy segura que para personas seguidoras de estos líderes, los himnos hoy vuelven a tener sentido, porque representan todo el miedo que tiene un grupo pequeño de personas a que el mundo cambie y que las personas se miren a los ojos en igualdad.

Septiembre ya pasó

Gracias a la tercera dimensión (donde el tiempo sí existe), septiembre ya pasó y con él se fueron las banderas. Sin embargo, la discusión patriótica parece haber dejado a la opinión pública jadeante y a la gente polarizada entre discusiones de xenofobia o contra-xenofobia, entre un patriotismo “viril” y una búsqueda de un sentido más universal de la existencia.

Yo sólo espero que la generación de Abril venga a revolucionarnos como una primavera y que aspire a proyectarse humilde y volátil como cualquier especie en evolución, a saberse tan nada y tan todo como las notas de un himno.